Los golpes que cercenaron las nacientes democracias de América Latina

La versión del ma­cartismo aplicada en América Lati­na por el Departa­mento de Estado Norteamericano a través de la Agencia Central de Inteligen­cia (CIA), a partir de la década de los cincuenta para derrocar a gobiernos de estirpe mera­mente democrática, mutiló la posibilidad de la construcción de un puñado de sociedades plurales, desarrolladas en el continente a partir de la déca­da de los años cincuenta.

Aplicado primero a lo in­terno de los Estados Unidos post Segunda Guerra Mun­dial, el macartismo fue la actitud asumida por las ad­ministraciones estadouni­denses para evitar las in­filtraciones de elementos comunistas en toda su esfe­ra de influencia y en aque­llas que, aún lejanas, podían pasar al bloque rojo, encabe­zado por la Unión de Repú­blicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Tomando el apellido del se­nador republicano Joseph Ra­ymond McCarthy, más que un movimiento para defender los postulados democráticos enarbolados por Estados Uni­dos, el macartismo se convir­tió en una paranoia antico­munista que se llevó entre las patas de los caballos a reales regímenes liberales, que no solo surgieron en lejanas fron­teras del país del norte, sino en el propio solar de América Latina.

Culminada la Segunda Guerra, Estados Unidos sur­ge como potencia hegemó­nica en occidente, mientras que la URSS se constituye en la líder de todos aquellos paí­ses alineados con la ideología socialista o comunista, con lo cual empieza la denominada Guerra Fría, que sirve de pre­dicamento al senador McCar­ty para poner en marcha una política intensa de combate a los verdaderos o alegados co­munistas.

Sin obviar la realidad de que la Unión Soviética, con Joseph Stalin a la cabeza, buscaba ex­pansión de su ideología por el resto del planeta, no pocos crí­ticos del macartismo entendie­ron que aquello pasó a ser una obsesión tan brutal que se apro­baron leyes, programas y se confeccionaron listas negras en la propia sociedad norteameri­cana cuyos integrantes fueron perseguidos y encarcelados.

En no pocos países consi­derados satélites de los Esta­dos Unidos se llevaron a cabo conspiraciones aupadas por la CIA, de acuerdo con docu­mentos desclasificados, que dieron al traste con gobier­nos genuinamente democrá­ticos liberales como los de Ró­mulo Gallegos, en Venezuela (1948); Federico Chávez, en Paraguay (1954); Joao Goulart, presidente derro­cado por la dictadura militar que se perpetuó por 21 años en Brasil, desde 1964; Jaco­bo Árbenz Guzmán, derroca­do el 18 de junio de 1954, en Guatemala; el profesor Juan Bosch, en 1963, en Repúbli­ca Dominicana, depuesto por otra asonada militar azuzada por la CIA, de cuya acción se cumplieron 57 años este 25 de septiembre.

Esos y otros golpes dieron al traste con administraciones democráticas, tildadas por Es­tados Unidos como infiltrados por la Unión Soviética, como el de Salvador Allende, en 1973, en Chile.

Jacobo Arbenz, el soñador

La Revolución de Octubre en Guatemala (1944-1954) fue un movimiento cívico-militar que inició una serie de reformas y moderniza­ción del Estado guatemal­teco, que por sus resultados positivos se conoció como los “Diez Años de Primave­ra”. Desplazó del poder al general Jorge Ubico Casta­ñeda, que permaneció 14 años y cuyo ideología na­zi no era un secreto como tampoco su simpatía con el mentor de ella, Adolf Hitler. Ubico Castañeda como otros dictadores que se erigieron en el continente no constitu­yó, empero, dolor de cabeza para el Departamento de Es­tado ni la CIA, entonces.

A la cabeza de la junta re­volucionaria guatemalteca es­tuvieron el capitán Jacobo Ar­benz, Jorge Toriello Garrido y el teniente coronel Francisco Javier Arana. Un año después de iniciada la revolución, se or­ganizaron elecciones libres que fueron ganadas por el ciudada­no Juan José Arévalo Bermejo, a través de una Asamblea Cons­tituyente, que también eligió di­putados.

El asesinato del teniente co­ronel Arana el 18 de julio de 1949, en circunstancias muy confusas en el puente La Gloria, preparó el terreno para que en el firmamento militar, Árbenz Guzmán pasara a ser el minis­tro de Defensa del gobierno arevalista.

Ese grupo de políticos y mi­litares guatemaltecos impul­só un programa de reformas y avances para impulsar el de­sarrollo económico de Guate­mala, como el Código Laboral, permitió la organización de los trabajadores, fomentó la edu­cación pública en todos los ni­veles y fortaleció la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Los intentos de golpes con­tra el primer gobierno demo­crático de Arévalo no cuajaron debido a la influencia entre los militares del mayor Árbenz Guzmán, que tuvo que sofocar­los, incluido el encabezado por su compañero, el teniente co­ronel Carlos Castillo Armas, Ca­ra de Hacha.

Castillo Armas es uno de los personajes principales que da vida a la nueva novela del Pre­mio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, “Tiempos Recios”, puesta en circulación el año pa­sado en más de 70 países.

República Dominicana, el dictador Rafael Leonidas Tru­jillo y su jefe de inteligencia, Johnny Abbes García, son ac­tores principales de la novela, debido a su destacada partici­pación en la muerte de enton­ces presidente guatemalteco, Castillo Armas, quien surgió como presidente fruto de una invasión armada desde Hon­duras organizada, entrenada y financiada por la CIA con la cooperación de Trujillo y Anastasio Somoza, dictador nicaragüense.

Arévalo Bermejo y Árbenz Guzmán echaron las bases del desarrollo económico y social en Guatemala, pero te­nían un enemigo insospe­chado: la United Fruit Com­pany. Tal como narra Vargas Llosa con su exquisita prosa, esta empresa estadouniden­se, negada a pagar impues­tos y a permitir la organiza­ción de los trabajadores, se convirtió junto al embajador John Emil Peurifoy, en el mo­tor que puso en marcha el de­rrocamiento del gobierno de­mocrático de un militar que ni por asomo era comunista ni tenía influencia ideológi­ca semejante. Este embajador fue enviado a Guatemala con esa misión porque había cum­plido un mandato similar en Grecia.

A los campesinos e indíge­nas, Jacobo Árbenz empode­ró entregándole tierras comu­neras sin dueños, a los fines de poner a producir a su país y “convertirlo en un modelo de democracia como los Estados Unidos”. Ése era su sueño, trun­cado por el golpe orquestado por un hombre sin condiciones políticas como Castillo Armas.

“Las malas lenguas—refie­re Vargas Llosa— decían que, cuando el Departamento de Es­tado le informó que su nuevo destino sería Tailandia, el em­bajador Peurifoy preguntó, no se sabe si en serio o en broma: “¿Hay un nuevo golpe de Esta­do en perspectiva?”.

El derrocamiento en Re­pública Dominicana del pri­mer gobierno democrático tras la caída de Trujillo, del profesor Juan Bosch, cuando apenas tenía siete meses, fue otro macartismo en pleno gobierno del demócrata Jo­hn F. Kennedy. Cuando don Juan llegó al poder el 27 de febrero de 1963 ya tenía una copiosa obra literaria. Electo con una alta votación, Bosch ganó 22 de los 31 escaños y 49 de los 74 diputados, a pe­sar de los esfuerzos de la oli­garquía tradicional, el alto clero católico y una cúpula militar trujillista que se afe­rraba al estilo de gobierno autoritario, del que Bosch era la antítesis.

Los intentos de impedir el ac­ceso al poder de Bosch no cul­minaron con su aplastante vic­toria contra la Unión Cívica y Viriato Fiallo, sino que entrete­lones se hacían esfuerzos deno­dados para que no fuera jura­mentado.

Bosch no solo era un ejem­plo de decencia política, sino un paradigma de honestidad, pues al jurar como presidente presentó su declaración jurada en la que hacía constar de que no tenía bienes algunos debido a que la casa donde vivía era al­quilada y el mobiliario dentro lo tomó a crédito.

Impulsó la primera Constitu­ción democrática en la que hizo plasmar una serie de conquistas sociales, económicas y de res­peto de los derechos humanos. Como el país acababa de salir de una de las dictaduras mas recias del continente, se enfo­có en construir las normas, base esencial de funcionamiento de una sociedad: la Constitución de 1963.

El hijo del catalán José Bosch Subirats y de la puertorriqueña Ángela Gaviño habría dicho: “no basta tener ideas; hay que hacerlas realidad en lo grande y en lo minúsculo”. Ese fue su es­tandarte en el gobierno y en la oposición. Luego de su derro­camiento, se fue al exilio y vol­vió para asumir el liderazgo del partido que había ayuda­do a fundar, para luego aban­donarlo y construir otro ins­trumento político, el PLD, que llegó al poder por primera vez en 1996, y que acaba de de­jarlo bajo un fuerte cuestiona­miento de lo moral, lo ético y los principios, campos en los que Juan Bosch es un estan­darte de República Dominica­na y América.

fuente: listin diario

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